10/07/09 México DF
Comienza el penúltimo día de nuestro periplo por tierras de México. Y tenemos dos días por delante para conocer algo más de México DF. Después de las visitas de ayer, nos encaminamos al centro de la capital azteca. La primera parada es el Templo Mayor, o más bien los restos de él, que no permiten hacerse una idea de lo que, en tiempos pasados, fue el centro de un imperio. Las ruinas de este templo se encuentran al lado del Zócalo y, como una cruel burla, junto a la catedral católica. El recinto consta de dos partes bien diferenciadas: las ruinas en sí y un edificio contiguo que alberga un museo con buena parte de los hallazgos encontrados en el templo. Merece la pena dedicarle un buen rato (previo pago de la entrada, por supuesto) si somos aficionados a la historia de las antiguas civilizaciones. Y si no, al fin y al cabo, estamos en México y no está de más saber qué era antes de nuestra llegada.
Después, y aprovechando que lo teníamos a mano, entramos en la catedral. Como nos ha ocurrido otras veces, a mayor importancia de la ciudad, mayor es el parecido de los templos y las costumbres con las de España.
Siguiendo por orden de proximidad, al lado de la catedral teníamos el palacio nacional, y allí fuimos, a conocer un pedazo de la historia reciente de México Señalar como curiosidad que en la entrada, debido a las estrictas medidas de seguridad y a que Giova y servidor dejaron sus pasaportes bien guardaditos en casa, tuvimos que dejar la prenda más extraña que jamas me han pedido: nuestro anfitrión, nuestro Betin, se quedo haciendo compañía a los milicos de la entrada para que estos permitieran nuestra entrada sin una identificación en condiciones. Esperemos que no sufriera mucho, y quede aquí constancia mi eterno agradecimiento por tan noble gesto.
Después de recuperar nuestra fianza, afortunadamente en buen estado, y tras haber comido algo, nos dirigimos a un mercado de artesanía, a petición de la sección femenina del grupo. Si he de ser sincero, me decepcionó un poco puesto que no dejaba de ser el típico mercado de puestecitos, con poco de artesanía y mucho de trastos. Pero bueno, sirvió para comprar algún recuerdo a los familiares.
Ya por la noche, y con la familia Bedolla al completo, nos dirigimos a uno de los lugares míticos del DF: la plaza Garibaldi, lugar de reunión de otro de los mitos de México, los mariachis. En una plaza que habitualmente es enorme y que hoy está recortada por las obras de remodelación de la misma, se congregan numerosos grupos de estos personajes, mitad músicos, mitad “pistoleros”, que por unos pocos pesos cantan con gusto cualquiera de los temas típicos conocidos por todo el mundo. Después de unas cervezas y esperar a algunos rezagados, nos fuimos a cenar, como no podía ser de otra forma, al mercado que se encontraba al lado de la plaza. En mi vida pensé que tendría tanto que agradecer a los mercados, pero lo cierto es que en México se conciben de forma bastante distinta a la que tenemos en la otra orilla.
Y como no podía ser de otra manera, y metidos en harina después de unos cuantos corridos y otras tantas rancheras, nos fuimos a matar la sed con tequila, o lo que se terciara, al Tenampa, un bar con carteles de actores mexicanos de la época dorada del cine nacional. Y allí, entre viejas glorias que nos observaban desde las paredes y conversaciones sobre todo lo que llevábamos vivido, matamos unos cuantos cócteles, unas pocas chelas bien frías y, despacito, nos fuimos a descansar para afrontar nuestra última jornada.
Luces de Navidad en Berlín
En conversaciones recientes con amigos que habían visitado Berlín en la última década, el calificativo unánime para la ciudad era “sorprendente”. Y lo cierto es que, a pesar de estar prevenida y de las expectativas, Berlín me ha sorprendido. Aunque quizás, yo cambiaría el adjetivo por otro, que no se aleja demasiado de la misma idea, pero que refleja más mi experiencia:”impactante”.
En los días previos al viaje, no podía dejar de pensar que -a la vuelta de la esquina- me aguardaba una cita con la historia europea y mundial del siglo XX. Recorrería uno de los escenarios más visibles del “telón de acero”. Una expresión que, casi 15 años antes de su plasmación física en Berlín en 1961, Winston Churchill haría popular. La imagen de los berlineses orientales aquella fría noche de noviembre de 1989, cruzando la puerta de Brandenburgo, abrazándose a sus homólogos occidentales, me sacudía la memoria y las emociones. En pocas horas estaría allí, in situ, paseando por un icono sentimental de la historia del siglo XX.
Han pasado casi veinte años desde aquello. Y debo decir que me he encontrado con un titánico Fénix renacido de sus cenizas. La línea sobre el pavimento que testimonia el trazado de ese ominoso muro, que privaba de libertad a orientales y sitiaba a occidentales, parece diluirse en la vida de un Berlín poderoso, tenaz, dinámico y moderno. En definitiva, muy nuevo. Fragmentos del muro a lo largo del trazado, con un kilómetro y medio, aún en su ubicación original en East Side Gallery, el Checkpoint Charlie o los monumentos a los caídos soviéticos, en Tiergarten o Treptower park se han convertido en atractivos turísticos de una ciudad, que para mí es mucho más que eso. No quiero decir con esto que las profundas y espeluznantes cicatrices del nazismo y la Guerra Fría hayan cicatrizado (no soy quién, ni desde luego estoy capacitada para ello). Ciertamente Berlín ofrece la oportunidad de explorar su lado más sombrío, un recorrido por los cuarteles generales de la Gestapo y de la Stasi respectivamente constituyen dos claros ejemplos. Basta sólo con internarse en el laberinto de bloques de hormigón, que forma el Monumento a los judíos caídos en Europa, para sentir el desgarro ajeno.
Sin embargo, dejando atrás la melancolía, en este viaje han dominado las luces. La tradición alemana, particularmente berlinesa, de la feria de Navidad ha tenido mucho que ver. No esperaba visitar una ciudad tomada literalmente por el bullicio, el vino caliente con azúcar y especias, algodones de azúcar, bolas de chocolate y nata y, por supuesto, las salchichas. Pasear por barrios de ensueño como Spandau, el colorido y las luces de un sinfín de atracciones en Alexander Platz (desde la que es inevitable mirar de reojo la torre de la televisión), la elegancia de Gendarmenmarkt y qué decir de la pendiente de hielo de la Postdamer Platz a la que no pude resistirme, han sido experiencias inolvidables. Mi primera visión de Berlín fue el impactante Sony Center, engalanado por una cascada de luces, atestado de berlineses con ganas de pasárselo bien un sábado por la noche, mientras cantaban villancicos. Eso sí, cantaban mientras jugaban al Singstar de Playstation, muy acorde con el tono futurista del complejo.
Si hubiese viajado en otras fechas, mi visión habría sido totalmente diferente. Pero Berlín posee muchas caras, desde la más abominable a la más esperanzadora. Quizás sólo haya vivido una ilusión, un bonito sueño navideño. Pero no se puede negar que Berlín tiene magia, la de reinventarse a sí misma.
“La humanidad es como es. No se trata de cambiarla, sino de conocerla“. Flaubert
Los angelitos de Bouguereau
Mucho antes de iniciar travesía por el Tevere y correrías por el Trastevere, ya había visto la imagen de esos dos angelitos besándose tiernamente. Estaban en mi casa, en Sevilla. Dos bebés con alas entrelazados sobre nubes de algodón, que me venían recurrentemente a la cabeza -no sé el porqué- en momentos de somnolencia. Sinceramente, jamás les presté mucha atención. El academicismo pictórico nunca fue santo de mi devoción, menos aún el de pincel francés. Un conflicto estético probablemente heredado de mi abuelo Antonio, que llamaba jocosamente “su primo” al joven inglés del gran cuadro del salón de estilo neoclásico, que perdía su mirada sobre nuestras cabezas mientras nos sentábamos en el sofá. Un sofá enorme de terciopelo verde, del mismo color que sus enigmáticos ojos gatunos. Qué decepción sentí el día que supe que realmente el niño inglés no era de mi familia….
Desde que abandoné el nido materno la armonía y perfección del neoclasicismo más repipi no sólo dejó de ser un elemento cotidiano para mí, me olvidé por completo de él. Sin embargo, casi sin darme cuenta, inconscientemente, estas últimas semanas he pensado mucho en esos ángeles rubicundos de mi casa besándose delicada y castamente. Pero a santo de qué…Ni siquiera recordaba el título del cuadro, qué decir de su autor. Hace poco en la Galería Borghese, al pasar por la tienda, descubrí por qué había regresado ese pequeño y delicioso recuerdo de un pasado ya remoto. Allí estaban, en postales, en tazas y hasta en orfebrería. Un flashback me trasladó de inmediato a la Galería Uffizi en Florencia. ¡También estaban allí! Incluso habían sido serigrafiados en paraguas. ¡Lo recordaba! La misma imagen en los Museos Vaticanos, en los Museos Capitolinos… ¿Cómo era posible que no recordase haber estado delante de ellos? Sólo tenía consciencia de haber visto otros ángeles igual de célebres, eso sí, más feos pero con más sustancia, esta vez pintados por Rafael Sanzio. Giré buscando respuestas inmediatas la postal expuesta y en el reverso constaba lo siguiente: “Il Primo Bacio” (El primer beso) 1890, William Adolphe Bouguereau, colección privada. Pregunté acto seguido en la tienda sobre esa reproducción y no supieron precisarme dónde se hallaba la colección, ni siquiera que se encontrase en Italia. Tan sólo me afirmaron que no estaba abierta al público. ¿Por qué es imagen de merchandising en las tiendas de museos y galerías de Roma, si el pintor es francés y el cuadro no está en ninguna de esas colecciones? Un interrogante que formulé en voz alta ante unos conservadores de la galería. Éstos se sonrieron e hicieron mutis.
Mientras paseaba pensativa por la impresionante Villa Borghese, decidí agotar todos los cartuchos a mi disposición en ese momento. Llamé a mi madre. No podía esperar a saber. Me contó que la reproducción sita en casa, era un regalo que le hizo una amiga después de un viaje a Italia. Y que más allá de que le gustaba mucho, poco podía aclararme para resolver el misterio. En cuanto llegué a Monteverde hice una búsqueda en internet. Sólo descubrí que “El primer beso”, en realidad se llamaba “Cupido y Psique niños”, que Bouguereau, un tanto extemporáneo teniendo en cuenta que fue coetáneo de los impresionistas, ganó varios certámenes de pintura en Roma, donde residió y estudió a su ídolo, Rafael. Quizás esta sea la conexión. No lo sé. Ignoro casi todo sobre este pintor y su obra, quizás alguno pueda decirme qué se esconde detrás de esta imagen reducida al souvenir. Me pregunto si los miles, centenares de miles, incluso millones de turistas que la han comprado y la seguirán comprando lo saben. Probablemente la inmensa mayoría no.
”Toda pintura es un hecho: las pinturas están cargadas con su propia presencia“. Andy Warhol
La signora del mondo
Generalmente mis itinerarios nocturnos de fin de semana comienzan en la plaza Trilussa, cruzamos el puente Sisto y nos dirigimos a la zona de Campo de’ Fiori para comer porchetta.
La plaza Trilussa…
Trilussa anagrama de Salustri. Llamada así en honor de Carlo Alberto Salustri (Roma 1871-1950). En sus sonetos escritos en romanesco (digamos el “idioma propio” de Roma), Trilussa, con un tono desencantado, escribe la crónica de casi cincuenta años de historia romana y, claro está, italiana. Desde la llamada “edad giolittiana“, abarcando los años del fascismo y la dramática posguerra, Trilussa nos ha dejado una visión, suis generis, crítica con los tiempos que le tocaron vivir. La sátira, política, social y costumbrista se alterna con la profunda amargura de quien ama su ciudad natal, “ormai” corrupta y decadente.
LA TERZA ROMA
La terza Roma nun s’intenne mica
Cha da Romolo in qua ce so’ tre Rome:
naturamente je se dà ‘sto nome
pe’ potella distingue da l’antica.
De Roma nostra, Dio la bendica,
nun ce n’è che una sola: ma siccoma
fu rimpastata, je succese come
succede co’ la crosta e la mollica.
Infatti, sur più bello d’un lavoro,
te ritrovi l’Impero giù in cantina
con una strada che va dritta ar Foro:
e scopri che, presempio, la finestra
indove s’affacciava Messalina
corrisponne a’ na chiavica maestra.
(“Roma vista dagli scrittori” en Roma. Per scoprire e ricordare. Touring Club Italiano)
“Nada hay tan dulce como la patria y los padres propios, aunque uno tenga en tierra extraña y lejana la mansión más opulenta” Homero.
Domani puoi dimenticare, domani….ma adesso dimmi di si.
“Mañana puedes olvidarlo, mañana…pero ahora dime que sí”. Aunque bien pudiera ser el estribillo de la canción que me canta mi nueva y agobiante compañera de piso, una chica española que ha decidido ser mi sombra en Roma, es el estribillo de una canción de Lucio Battisti: Il tempo di morire.
Oh dolce Pauline dove sei tu….
Aún tengo por delante dos meses de aventuras en Roma, de descubrimiento, pero quién sabe qué nuevas bandas sonoras me acompañarán. De momento esta página la ocupa con letras mayúsculas Lucio Battisti quien, con su canto libre de amor y esperanza, me dio la bienvenida a la ciudad eterna en mis horas más bajas. Un 9 de septiembre..Diez años después de que su voz enmudeciera.
Entre los mejores momentos que me regala su música, me quedaría con el cotidiano inicio del día. Siempre igual que el anterior pero siempre distinto. Un café delicioso, unas galletas de chocolate, un cigarro, la bandeja de hotmail abierta y la fuerza de su voz que me contagia de optimismo para vivir un nuevo sueño de realidad. ¡Gracias Lucio! ¡Gracias Mogol!
Lucio Battisti (1943-1998) comenzó su aventura como compositor para otros artistas. Él se encargaba de los aspectos musicales mientras que su amigo Mogol era el letrista. Grabó su primer single en 1966, Per una lira. Lucio Battisti es considerado uno de los músicos y cantantes más prolíficos e influyentes de la música italiana en el siglo XX. Su producción renovó el pop italiano a partir de los años 60. Inspirado por bandas de Rhythm and Blues, Otis Redding, Ray Charles..etc, supo aunar la mejor herencia melódica italiana con R&B. Un ejemplo muy oportuno de ello lo encontráis en Il tempo di morire. A partir de 1980 decidió abrir en su carrera una nueva etapa, esta vez sin Mogol. Lamentablemente su vida y su genio se vieron truncados a la temprana edad de 55 años, incapaz de escapar a la trágica leyenda de todo aquél que es ya mito en vida.
Personalmente mi aventura coincide con Le avventure di Lucio Battisti e Mogol. Lo mejor de dos CREADORES irrepetibles.
“Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música”. Aldous Leonard Huxley
El éxtasis….¿de Santa Teresa?
Esta tarde he visitado la iglesia de Santa María de la Victoria y, contra pronóstico, he tenido un mal “viaje”.
Después de tragar polvo en el archivo de la Farnesina durante toda la mañana, decidí tomarme la tarde del viernes easy para recibir el fin de semana. El caso es que me las prometía alegremente en Monteverde, comiendo una tortilla de patatas y bebiendo una Peroni. Todo ello aderezado con la impagable antología, recientemente adquirida en La Fetrinelli, de Lucio Battisti. Así me dieron las cinco de la tarde. Fue, entonces, cuando decidí aprovechar el asueto para hacer un poco de turisteo. Y como en una revelación, la ví. Allí estaba Santa Teresa en pleno éxtasis, embelesada mientras un ángel atravesaba con un haz de rayos áureos su corazón. ¿Por qué no ir a la iglesia de Santa María de la Victoria y entrar en éxtasis con la archiconocida obra de Bernini?
Según mi guía, la iglesia era visitable hasta las siete. Había tiempo…. Finalmente salí de casa a las seis. La fortuna me sonreía porque el 75 estaba en la capolinea. Incredibile! Había esperanza de llegar a Termini antes de las 7. Nada se interpondría en mi camino hacia el éxtasis. De hecho, llegué a la Avenida del XX Settembre a las 6.45. Primer mal augurio, una mendiga acostada en la puerta del templo me chillaba una y otra vez que la iglesia estaba cerrada (É CHIUSA y otras ochenta veces así). Una mala noticia que, desgraciadamente, no era el producto de la obcecación de una beoda. Lo corroboraba la placa metálica de la pared. ¡Maldita guía! ¡Era hasta las seis! Pero al observar que la puerta interior estaba abierta, pensé ¡HABEMUS MIRACOLO! Así que pasé olímpicamente de la indigente, que hizo una especie de amago de interponerse en mi camino. Pero la disuadió una de mis miradas fulminantes. Ecco! Me lo imaginaba, se celebraba una misa “vietato visitare”. Estiré el cuello cuanto pude para, sin moverme un ápice, intentar ver la escultura en uno de los flancos del recinto. Imposible. No obstante, me dije: ¿tengo un plan mejor para esta tarde? Parece que NO. ¿Quién lo diría, invirtiendo mi ocio en una misa? Quién me ha visto y quién me ve.
Me resigné a congratularme de la salvación de la humanidad en el sacrificio del cordero de dios. Al fin y al cabo, escuchar misa podría ser un ejercicio como otro de ascoltare para mejorar mis habilidades auditivas en italiano. Pese a que estaba hiperconcentrada para capire al sacerdote, me percaté de un mirada, más que reprobatoria, inquisidora. Inquisidora en el sentido más oscuro de la palabra, vamos, una mirada asesina. Su dueña no era otra que una señora bastante emperifollada, cuyo aspecto exterior no hacía presagiar el gremlin, o el hijo del diablo, que albergaba en su interior. Como la mirada no surtió sobre mí el efecto deseado, comenzó a regalarme gestos con el fin de desalojarme del sacro lugar. No sé qué cara de circunstancias pondría. Lo suficientemente llamativa para que un bondadoso fratello (qué simpáticos que son los franciscanos), vistiendo un hábito cual salido de El Nombre de la Rosa, se me acercara y me dijera –con otras palabras- que no hiciera ni puto caso a la vieja chalada. Una beatona que, según se comportó más adelante, bien podría ir hasta las trancas de éxtasis, no precisamente del de Santa Teresa.
El caso es que también la sufrieron cuatro o cinco turistas, lo suficientemente animosos como para no dejarse amedrentar previamente por la mendiga borracha en la entrada. Desafortunadamente, después me dejarían sola ante el peligro. Unos huyeron despavoridos por los gestos de la defensora de la integridad del sacramento de la eucaristía (acompañando su repertorio gestual con bramidos ininteligibles). Otros, si bien la ignoraron, supongo que no tendrían ni ganas ni tiempo para escuchar una misa como la historia, interminable. De hecho, mi paciencia flaqueó por momentos, entre la expresividad de la señora-censora y el oficiante, que meditaba sospechosamente en pausas de 15 minutos (cronometradas por el reloj) para orar…(No recuerdo haberme tragado una misa de esa extensión ni siquiera durante los 12 cursos que pasé en el colegio de monjas en el que estudié). No obstante, creo que esta experiencia de mi infancia y adolescencia me permitió perseverar en la prueba de esta tarde…
Y al fin, el cura nos dio la bendición para marchar en paz.
Sin embargo, la señora (por llamarle de alguna manera) decidió aguarme la fiesta cuando más feliz me las prometía. Se me aproximó al pie de Santa Teresa lanzándome improperios en italiano, como “cerda irrespetuosa”, “pecadora” (y creedme, no de la pradera), “que si no había visto los carteles que prohibían la visita” (pero ¿qué visita? si había aguantado como una campeona la misa). Al principio, me limité a contestarle que se olvidase de mí, además quién era ella para echarme de la “Casa de Señor”. Como no conseguí nada, y ella seguía a lo suyo. Decidí ganarle por sus píos argumentos, diciéndole que si era española, que era catoliquísima, que estaba allí para orar además de contemplar la maravilla de Bernini (inspirado clarísimamente por dios), que las puertas de la casa del Señor siempre están abiertas, sobre todo para los pecadores como yo, que no pasase por alto que la soberbia era un pecado capital..Bla, bla, bla, sólo logré alimentar su iracundia. Hasta tal punto que la viejuna se animó a cogerme del brazo empujándome hacia la puerta. Afortunadamente el fraile, que había estado atento a la jugada, vino al rescate para indicarle A ELLA amablemente el camino hacia la puerta. Mientras A MÍ me animaba a que disfrutara de la escultura. Como comprenderéis, tras montarse la de dios, se me había olvidado el porqué estaba allí.
Pero la historia no acaba aquí. Tercer Round. Cuál no sería mi sorpresa al ver que la beatona pasada de rosca me estaba esperando a la salida. Había decidido no aguardar a que se hiciera conmigo justicia divina, y en consonancia autoproclamarse brazo ejecutor en la tierra. Así que volvió a la carga. Esta vez al alimón con la mendiga de la puerta, que me repetía “Ti lo ho detto” “Ti lo ho detto“ ”É chiusa“. Vaya par de anormales. Me entraron unas ganas locas de sellarles la boca estampándoles sucesivamente el bolso (con el ladrillo de la guía y algún que otro libro más). Ya no cabía hablar del Concilio Vaticano II, de ser más papista que el Papa, del perdón, del hijo pródigo, ni de la madre que las parió. Los empellones que me propinaban, sólo merecían el descalificativo de “pazze” (dementes) y la amenaza con la policía….Qué asquerosa endoculturación que te impide pegarle a las viejas que se pinchan. Impulsos reprimidos…Si Freud levantara la cabeza…. En fin, me zafé como pude de la viejuna y su sin par SanchaPanza, largándome incrédula en dirección Plaza de la República.
Qué cosas me pasan, cualquiera diría que me las invento. No me cabe la menor duda de que iré al infierno por la gran ofensa al sacramento inflingida esta tarde. No me preocupa lo más mínimo. Ya sabéis lo que se dice… Las chicas buenas van al cielo y las malas a todos sitios. Sin embargo, lo que me atormenta es que allí me encontraré segurísimo con la beatona indeseable. Eso sí, sí que me hace abandonar toda esperenza. Ayyyy los caminos del señor son inescrutables y yo qué pensaba escribir la entrada de hoy sobre Lucio Battisti.
“Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio” Mahatma Gandhi
Aventuras de una becaria de investigación en USA
Sin duda uno de los aspectos más enriquecedores de estos años de carrera, o si se prefiere, marea investigadora han sido las personas que he ido encontrando en el camino (si bien, en honor a la verdad, las decepciones también han sido monumentales). Entre ellas, una de las más entrañables es mi AMIGA (con letras mayúsculas) Raquel. Sólo puedo tener palabras para ella de verdadero afecto y gratitud. La conocí en un Curso de Verano impartido por Carlos Seco en Santander allá por el 2002 y, desde entonces, hemos seguido caminos paralelos. Raquel es historiadora como yo (para más señas modernista), becaria de investigación como yo, y a punto de concluir la tesis (espero que como yo!). Está bastante más loca que yo, pero menos histérica.
Ahora mismo disfruta de una estancia como profesora en la John Hopkins University (Baltimore). Vive en esa ciudad sin ley que todos conocemos por The Wire (pobrecillos, no saben el arma de destrucción masiva que les hemos enviado). Hoy he recibido un correo suyo que, por tener un poco abandonado a Job Persevering, no puedo resistirme a colgar (por supuesto, tras pedirle la venia).
In the city
“Tengo una noticia para todos vosotros…. va a ganar McCain!!! Salvo claro está que la economía acabe de petar y en EEUU “abran” (al menos un poco) los ojos. La cuestión es que visto lo visto (y como ya suponía) EEUU es un país de hipócritas. Me explico: critican el racismo (y con ello a España que tiene fama de serlo…) pero ellos son sólo tolerantes “de boquilla”. La gente vive en su barrio de blancos, va a su universidad para blancos (o para ricos que es prácticamente un sinónimo), con su sistema de transporte particular para blancos, o en su defecto en un trasatlántico convertido en coche (se deben dejar una pasta en gasolina…). Vamos que Martin L. King luchó porque les dejaran ir en la parte de delante de los autobuses, y al final les han dado los autobuses todo todito para ellos. Pero claro… hay que ser políticamente correctos, y queda muy bien DECIR que vas a votar para presidente a un negro. Nótese el resalto marcado en la palabra decir, ya que buena parte de quien afirma que lo va a hacer no piensa ni por un momento hacerlo… Pero bueno, no todo es malo en EEUU… al menos estoy yo!!!! (jijiji). Y además cada día más asentada… aunque por desgracia mi inglés no mejora al ritmo que desearía: es prácticamente imposible encontrar un curso de inglés para extranjeros fuera del verano (salvo que no te importe pagar precios astronómicos o convertirte en presbiteriana); y para colmo en mi casa mis compis se aíslan por completo del mundo mundial (no cocinan, ven la tele en su cuarto,..). Por fortuna, de momento, me desenvuelvo bastante bien (aunque no con la fluidez que desearía) y al menos con las clases no me estoy estresando. Tengo clases sólo los martes de 3 a 5. El resto del tiempo reclusión en biblioteca, con el ordenador, o gimnasio.
Aunque este finde pasado aproveché para acercarme al poder… y me fui a Washington. Y más allá de las visitas “obligadas” (Capitolio, Casa blanca,..) lo que más me impresionó fueron los gigantescos bloques de edificios que pertenecen al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional. Pegados a la Casa Blanca, y construidos sin ahorrarse ningún “detalle”. Un primo de mi madre trabajó en el Banco Mundial, de forma que me dejaron verlo por dentro… y tiene hasta una cascada interna!!! Que claro, quedaría bonito de no ser por la repulsión que te provoca encontrarte en el mismo edificio una estatua que recuerda la enfermedad de la ceguera del río (mosquitos que en África producen ceguera),… o una tienda con productos de recuerdo y cuya recaudación supuestamente va a parar a proyectos de ayuda para países pobres (o para endeudarlos y convertirlos en aún más pobres… según se mire).
Ahh se me olvidaba!! En esta semana se han producido una serie de catastróficas desdichas… La primera es que un abejorro gigante me picó en la palma de la mano (lo cual en España no tendría mayor trascendencia) pero… me produjo una reacción alérgica: léase se me hinchó de tal forma que no podía ni siquiera cerrarla. Y ahí llegó mi duda… a qué hospital me permite ir mi seguro? Por fortuna a los dos días remitió, así que deje que mi cuerpo solito creara los anticuerpos necesarios sin acudir al médico. Y segunda desgracia… mi precioso smartphone murió, víctima de una llamada de Miriam (jiji) así que dado que está en garantía lo he mandado a España… al módico precio de 92 dólares!!!
Bueno chicos, otro día os doy un poco más la tabarra.
Besos a todos…
la Reichel”
Devolviendo la conexión, Many thanks, Reichel desde la Costa Este de los EEUU.
“Soy mis amigos” Nélida Piñón
Benvenuti a Roma!
Existen una serie de estereotipos sobre Italia y los italianos, podríamos decir, mundialmente famosos. Seguro que en estos instantes ya tenéis alguno en mente. Por lo general, siento una desconfianza natural hacia los estereotipos. Parto de la base de que, sin bien tras ellos se esconde algo de verdad, no son más que el producto de un reduccionismo ramplón. Como diría Isaac Newton, lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano. Hete aquí que, después de unos diez días en Roma, mi sembra (“me parece”, como dirían por estas tierras) que, en el caso de los italianos, el estereotipo no es sólo una parte de la verdad, amenaza con ser la unidad entera. Basta con encender la tele ¡Mamma mia! Telecinco (el español) parece el canal con los documentales de mejor factura de la BBC, comparado con cualquiera de los que emiten en abierto en Italia. Muchos de vosotros ya conoceréis un powerpoint sobre los italianos y su manera de conducirse por la vida. Se hizo muy popular hace unos años. Yo lo recibí en su momento y, aparte de echarme unas risas, no le di mayor crédito. Bueno, pues debo deciros que, en lo que respecta al transporte, podéis creerlo a pies juntillas (sólo tenéis que revisar alguna de mis entradas anteriores). Pero desafortunadamente el transporte no es lo único que no funciona en esta ciudad.
Si pensáis que no puede haber nada peor que un funcionario español, estáis muy equivocados. El año pasado ya tuve alguna experiencia en Francia, pero en Roma.. ¡Ay señor! No es que estén tomando café, es que sencillamente no están. Y lo mejor de todo: para qué dar explicaciones. Non ci sono y punto. Y eso que sus horarios son maratonianamente cortos en relación a los españoles. Jornada hiperreducida que, sorprendentemente, comparte un sector como el bancario, que me da la impresión que no tiene nada que ver con sus homólogos del resto de Europa. Puedo dar fe que la mayoría de los cajeros están de adorno, muchos de los cuales no aceptan tarjetas de entidades extranjeras. También he comprobado que las sucursales bancarias abren al público menos de cuatro horas al día. Esto no sorprende tanto, teniendo en cuenta que el 80% de la economía funciona bajo tierra. Algo muy palpable -en lo que me toca- en el tema de los alquileres.
En cuanto al way of life italiano, ¿qué puedo contaros que no sepáis ya? NIENTE DI NIENTE. Los romanos de a pie hablan como en las imitaciones de tres al cuarto que podéis encontrar en cualquier teleserie española. Las mujeres en la cola del supermercado parlan por los codos, quejándose sobre la crisis económica y haciendo ese gesto tan característico, juntando los dedos de una mano. Si escuchas las conversaciones de los pasajeros en el TRAM o en el autobús, o bien hablan del CALCIO (el fútbol con mayúsculas) o con sua mamma, gesticulando, además, como si se les fuera la vida en ello.
Y, por último, qué os puedo decir del estereotipo del hombre italiano. Pues que mi vecino de abajo es uno de sus máximos exponentes. Mi carissimo vicino Stefano es tan típico que, os lo prometo, no parece real. Es una versión de esa especie de Tony Manero que protagoniza un anuncio setentero de Movistar. Y lo peor, o mejor, es que abundan chicos por la calle y por la tele di questa maniera. En mi barrio de toda la vida, calificaríamos a estos ejemplares de horteras “a más no power” (espero que en estos meses no le dé a Stefano por aprender español ni leer blogs españoles, al menos hasta que me haya ido). Y es que, en el fondo, pese a que me despierta todas las mañanas a las 7.30 h. cantando –cual tenor- a grito pelado, Vivo per Lei de Andrea Bocelli (versión lamentable, parece un gato al que le hubieran atropellado el rabo), me cae bien. Todos los días gracias a él aprendo algo nuevo. Os pondré un ejemplo para cerrar este post. El chico se aposta detrás de la mirilla todas las mañanas esperando a que salga de casa, entonces abre casualmente la puerta y me regala un carino saludo. Bueno, pues ayer me dice: “Salve! Come stai bellissima?” y yo contesto “benissima, e tu?”, y a continuación infla los mofletes cerrando los labios y se lleva el dedo índice al carrillo derecho. La imagen era tan ridícula.. Me entraron ganas de espetarle “Hai mal di testa?” (¿tienes un problema mental?) Finalmente, me contuve y le contesté “Hai mal dei denti?” (¿tienes un problema dental?”). El caso es que me explicó que en el lenguaje gestual italiano eso significa que todo va estupendamente. Me faltó poco para contestarle con nuevos gestos aprendidos: sacudirme con una mano la barbilla y soltarle: “non ne me frega niente” (algo así como me importa un…eso sí, con buen rollo). Sin embargo, le sonreí y seguí mi camino. Ecco! ¿Qué os parece?
“Toda idea que triunfa marcha hacia su perdición“. André Breton
Advertencia: Se recomienda coger con un grano de sal lo que escribo en estas líneas, que es exclusivamente aplicable a mi experiencia romana. No se puede perder de vista que llevo sólo diez días en este país y que Italia es un país muy diverso (bastante más que España).
Pasión Turca (Pasión Estambulí II).
Después de darle varias vueltas al asunto, he llegado a la conclusión de que no haría justicia a “mi viaje” si titulara este post como Pasión Estambulí II. Sería tomar la parte por el todo. Estas mini-vacaciones me han abierto una pequeña mirilla por la que curiosear con la vista puesta en un horizonte más lejano y atrayente. Esto no quiere decir que Estambul no haya estado a la altura de las expectativas alimentadas durante meses, todo lo contrario, las ha superado con creces. Cuando preparas un viaje con amoroso esmero, trazando todos los recorridos posibles en un mapa que, finalmente, llegas a memorizar, devorando cuantos libros caen en tus manos para, después soñar con ellos, es harto complicado que la realidad esté a la altura de las expectativas. No obstante, en este caso excepcional, la realidad desborda más allá de cualquier idea preconcebida, por exagerada que sea. He de confesar que no sé si he descubierto Turquía en Estambul, o Estambul en Turquía. Podría hablar de los contrastes de un país que se convierte en quintaesencia de la megalópolis o viceversa. Pero, para ser sincera, sería más que osado sentar certezas o ideas con visos de, teniendo en cuenta la duración de mi viaje.
Jamás olvidaré las sensaciones que me produjo mi primer contacto con la Capadocia, con sus tierras áridas, prácticamente desérticas y despobladas. Es llamativo que las primeras comunidades de ascetas cristianos germinasen subterráneamente en un paraje que parece haber sido olvidado por dios. El contraste entre las formaciones rocosas, que te trasladan a espacios legendarios propios de ciclos mitológicos paganos, y la severidad de los frescos paleocristianos de Cristo Juez (PANTOKRATOR), resulta cuanto menos perturbador. Un desasosiego que se diluye por completo, hasta desaparecer en la distancia, mientras volamos en un Globo a casi 600 m de altura con la primera luz del día. La Capadocia se vuelve un paisaje atemporal, amable y apacible, transmitiendo la sensación de que ha sido diseñado para la contemplación en el silencio del vacío.
Pero los contrastes del paisaje físico y humano se proyectaron sobre la pantalla de mis ojos de la forma más natural durante el viaje en autobús a Estambul. Son muchas horas, tiempo para contemplar y meditar. Pasamos de largo por el Gran Lago salado, un desierto de sal que termina confundiéndose con un espejismo de la nada. A continuación, la visita a Ankara coincidió con las celebraciones de la efeméride de la independencia turca. Era el día señalado para las demostraciones del orgullo nacional (30 de agosto), una de cuyas epítomes más sublimes se encuentra en el Museo de las Civilizaciones. Un templo de la arqueología al servicio de un constructo, el de aquel gran hombre, cuya imagen impertérrita aparecía junto a la bandera en casi todos los rincones de la ciudad. Fue el mecenas predilecto del Imperio Hitita, Mustafá Kemal, quien se hizo a sí mismo padre de los turcos (eso es lo que significa el sobrenombre, ”Atatürk”, yo siempre pensé que realmente se llamaba así). Una vez abandonas Ankara, el amarillo va dejando paso al verde. El bosque nos avisa de que el Mediterráneo está cerca. Otra Turquía nos aguarda.
Dos horas para cruzar el puente intercontinental me corroboraron que Estambul era mucho más que Constantinopla, y que la imagen romántica del archipiélago de las siete colinas había sido engullida por una megalopolis de casi 15 millones de habitantes. Se necesitarían años para descubrir el verdadero Estambul, el Estambul turco, el pobre y remoto del que habla Pamuk, ese Estambul en el que miseria y dogmatismo religioso suelen ir abrazados. Fue imposible no sentir frustración porque jamás llegaría a la esencia, un sentimiento de decepción y miedo al reduccionismo que arraigó durante un interminable atasco.
Juan Goytisolo ha escrito que Estambul es una de esas ciudades, como Nueva York, en el que la belleza del conjunto subsume la fealdad de las partes. Desgraciadamente yo sólo he vivido el mejor Estambul, el que alberga el corazón de dos Imperios, Romano y Otomano, enlazando a Oriente y Occidente sin solución de continuidad. El Estambul sincrético que se muestra en todo su esplendor al turista. Me hubiera gustado penetrar en la ciudad y descubrir sus secretos más inconfesables. Sin embargo, sólo ha quedado tiempo para que la ciudad ancle en mí, en mis sentidos. Nunca olvidaré “mi Estambul”: una cascada de cúpulas iluminadas por el Ramadán, donde la brisa te susurra secretos inteligibles allende el mar. Una ciudad encantada en la que vive gente, si cabe, más encantadora.
“A menudo sucede que lo que parece más irreal y ficticio es lo único verdadero.” Soledad Puértolas
La Bocca della Veritá
Ayer fui a parar a la plaza de la Boca de la Verdad. De nuevo, sin buscarlo. Fue todo un descubrimiento, o más bien, redescubrimiento. La escultura, probablemente del siglo I, tiene un diámetro de 1,75 metros y representa un rostro masculino con barba en el cual los ojos, la nariz y la boca están perforados y huecos. Tampoco se tiene certeza acerca de su utilidad antigua: si era una fuente o parte de un impluvium o incluso de una cloaca (hipótesis que corroboraría su cercanía a la Cloaca Maxima). La leyenda cuenta que si se mete dentro la mano derecha mientras se dice una mentira, la boca se cerrará. Una leyenda que habrían alimentado los sacerdotes poniendo escorpiones en su interior para perpetuar el mito.
Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando salí del apartamento. Y aunque el cielo presentaba un color plomizo, incauta de mí, no presentí la tormenta que se barruntaba. Hasta ayer, un sol de justicia había sido mi infatigable compañero de andanzas romanas. Imaginaos hasta que punto castigador, que pensé en comprar una sombrilla de las que siempre llevan los japoneses (cualquiera diría que soy del Sur). Quise aprovechar la coyuntura meteorológica para recrearme en algunos rincones de la ciudad, sólo que bajo otra luz. Así podría comprobar la nueva paleta cromática que Roma abriría para mí. Mi destino era el espléndido mirador que hay justo al lado de San Pietro in Montorio. Un hallazgo del día anterior que, si cabe, me impresionó más que el templete de Bramante (las expectativas creadas suelen actuar como filtros perversos de las percepciones). Pero, ya os he contado que en Roma debe partirse de la premisa de no buscar, sino encontrar.
Cuando me aproximaba a “mi obervatorio” comenzó a diluviar. Rayos y truenos se sucedían creando una atmósfera, que si bien en otras circunstancias me habría desagradado, se me antojó mágica y me entregué a ella con fruición. El caso es que no llevaba paraguas y, aunque el sentido común me impelía a dar la vuelta, para refugiarme en casa, decidí hacerle caso omiso. Bajé por la Via Garibaldi, acorté por las escaleras del Monte Aureo y finalmente tomé el Vicolo Cedro. Seguí descendiendo en la misma dirección hasta el Río. Entonces, reconocí el Ponte Cestio y la Isla Tiberina. A pesar de que estaba hecha una sopa, y de nuevo el sentido práctico me aconsejaba buscar el TRAM 8 para volver a casa, no pude reprimir el impulso de atravesar la isla. Seguí caminando por el margen del río y, de repente, divisé el Templo de Vesta. Había olvidado la guía en casa, pero la originalidad de su planta circular y de su cubierta me permitió reconocerlo al instante. Así fue como llegué a la Plaza de la Boca de la Verdad.
La tormenta había amainado. Pero la humedad, el calor y, sobre todo, el cielo de color plata vieja conferían un ambiente muy particular a la plaza, yo diría que propio de la visión romántica del Medievo. Fue entonces cuando, entre las brumas, recalé en la iglesia de Santa María in Cosmedin. Y allí estaba, en un lateral de la pared exterior de la iglesia, en el nártex, la máscara legendaria. La reconocí de inmediato y el recuerdo de la entrañable escena de Vacaciones en Roma, con Gregory Peck simulando ante Audrey Hepburn haber perdido la mano, me llevó inevitablemente a la nostalgia….
“Ir sin amor por la vida es como ir al combate sin música, como emprender un viaje sin un libro, como ir por el mar sin estrella que nos oriente” Henri Beyle Stendhal
PS. Siempre sin envergadura