Los angelitos de Bouguereau
Mucho antes de iniciar travesía por el Tevere y correrías por el Trastevere, ya había visto la imagen de esos dos angelitos besándose tiernamente. Estaban en mi casa, en Sevilla. Dos bebés con alas entrelazados sobre nubes de algodón, que me venían recurrentemente a la cabeza -no sé el porqué- en momentos de somnolencia. Sinceramente, jamás les presté mucha atención. El academicismo pictórico nunca fue santo de mi devoción, menos aún el de pincel francés. Un conflicto estético probablemente heredado de mi abuelo Antonio, que llamaba jocosamente “su primo” al joven inglés del gran cuadro del salón de estilo neoclásico, que perdía su mirada sobre nuestras cabezas mientras nos sentábamos en el sofá. Un sofá enorme de terciopelo verde, del mismo color que sus enigmáticos ojos gatunos. Qué decepción sentí el día que supe que realmente el niño inglés no era de mi familia….
Desde que abandoné el nido materno la armonía y perfección del neoclasicismo más repipi no sólo dejó de ser un elemento cotidiano para mí, me olvidé por completo de él. Sin embargo, casi sin darme cuenta, inconscientemente, estas últimas semanas he pensado mucho en esos ángeles rubicundos de mi casa besándose delicada y castamente. Pero a santo de qué…Ni siquiera recordaba el título del cuadro, qué decir de su autor. Hace poco en la Galería Borghese, al pasar por la tienda, descubrí por qué había regresado ese pequeño y delicioso recuerdo de un pasado ya remoto. Allí estaban, en postales, en tazas y hasta en orfebrería. Un flashback me trasladó de inmediato a la Galería Uffizi en Florencia. ¡También estaban allí! Incluso habían sido serigrafiados en paraguas. ¡Lo recordaba! La misma imagen en los Museos Vaticanos, en los Museos Capitolinos… ¿Cómo era posible que no recordase haber estado delante de ellos? Sólo tenía consciencia de haber visto otros ángeles igual de célebres, eso sí, más feos pero con más sustancia, esta vez pintados por Rafael Sanzio. Giré buscando respuestas inmediatas la postal expuesta y en el reverso constaba lo siguiente: “Il Primo Bacio” (El primer beso) 1890, William Adolphe Bouguereau, colección privada. Pregunté acto seguido en la tienda sobre esa reproducción y no supieron precisarme dónde se hallaba la colección, ni siquiera que se encontrase en Italia. Tan sólo me afirmaron que no estaba abierta al público. ¿Por qué es imagen de merchandising en las tiendas de museos y galerías de Roma, si el pintor es francés y el cuadro no está en ninguna de esas colecciones? Un interrogante que formulé en voz alta ante unos conservadores de la galería. Éstos se sonrieron e hicieron mutis.
Mientras paseaba pensativa por la impresionante Villa Borghese, decidí agotar todos los cartuchos a mi disposición en ese momento. Llamé a mi madre. No podía esperar a saber. Me contó que la reproducción sita en casa, era un regalo que le hizo una amiga después de un viaje a Italia. Y que más allá de que le gustaba mucho, poco podía aclararme para resolver el misterio. En cuanto llegué a Monteverde hice una búsqueda en internet. Sólo descubrí que “El primer beso”, en realidad se llamaba “Cupido y Psique niños”, que Bouguereau, un tanto extemporáneo teniendo en cuenta que fue coetáneo de los impresionistas, ganó varios certámenes de pintura en Roma, donde residió y estudió a su ídolo, Rafael. Quizás esta sea la conexión. No lo sé. Ignoro casi todo sobre este pintor y su obra, quizás alguno pueda decirme qué se esconde detrás de esta imagen reducida al souvenir. Me pregunto si los miles, centenares de miles, incluso millones de turistas que la han comprado y la seguirán comprando lo saben. Probablemente la inmensa mayoría no.
”Toda pintura es un hecho: las pinturas están cargadas con su propia presencia“. Andy Warhol
Matrimonio a la española
A estas alturas del trabajo en archivo se agradece encontrar documentos que, aunque no sirvan de mucho a la tesis, resulten amenos. Documentos de lectura refrescante en medio de un secarral de papel y polvo. Como, por ejemplo, uno que he leído esta mañana en la sala de estudio de la Farnesina. Estaba fotografiando la correspondencia del Baron di San Giovanni, vicecónsul italiano en Málaga entre 1915 y 1918, cuando me topé con “Spagna e Italia, nazioni sorelle“. Se trataba de una versión impresa de la conferencia pronunciada por el diplomático el 26 de enero de 1919 en la Societá Dante Alighieri.
El barón intentaba matizar a partir de su experiencia en España la imagen dominante en Italia sobre su hermana latina. Un país oscuro y atrasado, alejado de los cánones de la Europa civilizada: “Uno dei tanti luoghi comuni piú correnti in Italia ed attrove, é che la Spagna sia una Nazione miserabile, incivile, un paese di affamati. Evidentemente questo giudizio è vero grosso modo“. Una apreciación peyorativa que no estaba exenta de realidad. Si bien, según el conferenciante, no podía identificarse con el todo real. Para demostrarlo, el ex-vicecónsul repasa una serie de cuestiones españolas de índole política, económica, social..etc. Las más entretenidas refieren aspectos de índole cultural o antropológico. Y es que la España de comienzos del siglo XX era muy moderna, pero que muy moderna. Probablemente el ÚNICO PAÍS DEL MUNDO EN EL QUE EL MATRIMONIO SE PRODUCE COMO CONSECUENCIA EXCLUSIVA DEL AMOR ( Guaauuu!!!…no traduzco porque creo que el fragmento se entiende bastante bien):
“La Spagna è forse il solo paese del mondo in cui il matrimonio rimane una esclusiva conseguenza dell’amore. Mentre altrove non è infrequente che esso diventi un mercato e talora perfino un ricatto, lo spagnolo y soprattuto la spagnuola non si sposa che per amore“.
El diplomático ha llamado previamente la atención sobre el hecho de que durante su estancia en España no hallaría jamás ni una sola sufragista, a pesar de conocer a las mujeres más bellas y exquisitas en cuanto a educación. Y yo le preguntaría al Baron San Giovanni: ¿Qué mayor prueba de emancipación que ponerse el mundo por montera y reivindicar el derecho de casarse/acostarse con quien una quiera?:
“Laggiù non esiste nemmeno l’abitudine di dotare le ragazze che passano a nozze: gli spagnuoli se ne scandalizzano e dichiarano che ciò sarebbe “una verdadera inmoralidad“. Non è infrequente il caso di figlie di richissimi signori, dei famosi grandi di Spagna, che si adattano a fare vita modestissima pur di unirsi all’uomo amato, per sposarse il quale sono capaci di attendere dieci e fin quindici anni . Ciò che è più notevole, i genitori di queste ragazze trovano questo naturallisimo e non si preoccupano minimamente delle mutate condizioni di vita delle loro congiunte“.
Obviamente, el conferenciante para marcar la alteridad respecto a la situación de Italia está exagerando un poco ¿o no lo creéis así? Eso de que a principios del siglo XX los padres de esas chicas de alta suciedad no se preocupasen lo más mínimo sobre la condición y haberes de sus futuros yernos…es un poco.. en fin…Porque haberlos todavía los haylos…en España, volentieri.
“Los estereotipos son verdades cansadas” George Steiner
Domani puoi dimenticare, domani….ma adesso dimmi di si.
“Mañana puedes olvidarlo, mañana…pero ahora dime que sí”. Aunque bien pudiera ser el estribillo de la canción que me canta mi nueva y agobiante compañera de piso, una chica española que ha decidido ser mi sombra en Roma, es el estribillo de una canción de Lucio Battisti: Il tempo di morire.
Oh dolce Pauline dove sei tu….
Aún tengo por delante dos meses de aventuras en Roma, de descubrimiento, pero quién sabe qué nuevas bandas sonoras me acompañarán. De momento esta página la ocupa con letras mayúsculas Lucio Battisti quien, con su canto libre de amor y esperanza, me dio la bienvenida a la ciudad eterna en mis horas más bajas. Un 9 de septiembre..Diez años después de que su voz enmudeciera.
Entre los mejores momentos que me regala su música, me quedaría con el cotidiano inicio del día. Siempre igual que el anterior pero siempre distinto. Un café delicioso, unas galletas de chocolate, un cigarro, la bandeja de hotmail abierta y la fuerza de su voz que me contagia de optimismo para vivir un nuevo sueño de realidad. ¡Gracias Lucio! ¡Gracias Mogol!
Lucio Battisti (1943-1998) comenzó su aventura como compositor para otros artistas. Él se encargaba de los aspectos musicales mientras que su amigo Mogol era el letrista. Grabó su primer single en 1966, Per una lira. Lucio Battisti es considerado uno de los músicos y cantantes más prolíficos e influyentes de la música italiana en el siglo XX. Su producción renovó el pop italiano a partir de los años 60. Inspirado por bandas de Rhythm and Blues, Otis Redding, Ray Charles..etc, supo aunar la mejor herencia melódica italiana con R&B. Un ejemplo muy oportuno de ello lo encontráis en Il tempo di morire. A partir de 1980 decidió abrir en su carrera una nueva etapa, esta vez sin Mogol. Lamentablemente su vida y su genio se vieron truncados a la temprana edad de 55 años, incapaz de escapar a la trágica leyenda de todo aquél que es ya mito en vida.
Personalmente mi aventura coincide con Le avventure di Lucio Battisti e Mogol. Lo mejor de dos CREADORES irrepetibles.
“Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música”. Aldous Leonard Huxley
Como en casa
A punto de comenzar mi tercera semana en Roma debo decir que el balance no puede ser más positivo. Y eso, a pesar de mi “pesimismo antropológico”. El caso es que el sabor un tanto agridulce de los primeros días ha desaparecido. Por fin, se acabó el viaje en la montaña rusa emocional en la que he estado subida desde que llegué. Los vaivenes, a caballo entre los poderes hipnóticos (casi narcóticos) que ejerce una ciudad como ésta, donde cada día descubres una nueva muestra de lo más excelso que posee el ser humano, su genio creador, y el síndrome de E.T. (¡¡¡¡mi casaaaaaaa!!!) que padecía nada más llegar a Monteverde, parecen haber pasado a la historia. Mi gran problema era que yo no estaba aquí para pasear. Así, no me extraña que se me hiciera tan cuesta arriba recluirme toda la semana para trabajar (o al menos, intentarlo). Pero, alle fine, lo conseguí. Y después se hizo la luz o, si se prefiere, llegó el fin de semana.
Y qué fin de semana, gracias a mi compañera de piso Pauline. Indudablemente una rara avis francesa porque es majísima. Si en los días laborables trabaja más que nadie, el fin de semana sabe divertirse como nadie. Las sensaciones del sábado pasado por la tarde, en los bares de copas del Trastevere, siempre irán ligadas a mis recuerdos de Roma. Me sentí como en casa, pero en CASA con mayúsculas. En los amigos romanos de Pauline (debo decir que sólo por residencia, en origen mayoritariamente napolitanos) encontré esa simpatía natural y capacidad para empatizar que he echado de menos tantas veces al norte de Despeñaperros. Me sentía entre amigos y, por momentos, albergaba la sensación de estar en un bar de copas entre la Plaza Nueva y la Catedral. En un acto de justicia, debo también mencionar que tuve la oportunidad de conocer (por supuesto, NO en el sentido bíblico) otros ejemplares masculinos que dejan el pabellón nacional mucho más alto que el mamarracho de Stefano. Uno de ellos, un ingeniero de Ferrari, no parecía real, pero por razones diametralmente opuestas al ejemplo de mi carissimo vicino. De hecho, me sorprendió una caballerosidad propia de otros tiempos (digna de un museo antropológico). No me dejaron pagar nada por ser mujer. Una actitud machista sin paliativos, pero que, dada mi situación, puede hasta convertirse en una ventaja. Si la cosa sigue así, esto promete ser el paraíso de una becaria a las puertas del paro J . Bromas aparte, fueron extremadamente hospitalarios.
A esto también sumamos que mi primer contacto con un archivo italiano ha sido de lo más “amable”. Aunque la recomendación de mi director de tesis juega un papel nada despreciable, se han producido otras circunstancias que no puedo dejar de contaros. Cuando la responsable de la sala de lectura se ha puesto a dar palmas para celebrar que yo era española y que así podía practicar su español, una lengua que AMAAAAA, me ha parecido de traca. Al enterarse que voy a estar en Roma hasta diciembre, casi se le saltan las lágrimas. Sí, muy fuerte. El caso es que su madre no quería que estudiara español, sino francés. Pero, a escondidas de su progenitora, decidió asistir a clases de español, que posteriormente continuó en la Universidad. Así descubrió al escritor más grande de todos los tiempos. Me ha preguntado: “¿Sabéis quién es Pío Baroja?” (sí, se refería a mí, pero es que la chica tiene un problema con el número gramatical). En definidas cuentas, que le encantaría hacer una tesis sobre El árbol de la ciencia. El escollo estriba en que su español es cosí cosí, incluso peor que mi italiano. Pero a quién le importa, después de tanta amabilidad.
El viernes comprobaré si nos hemos entendido propriamente. Pero esa ya es otra historia….
“La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes“ John Lennon
Benvenuti a Roma!
Existen una serie de estereotipos sobre Italia y los italianos, podríamos decir, mundialmente famosos. Seguro que en estos instantes ya tenéis alguno en mente. Por lo general, siento una desconfianza natural hacia los estereotipos. Parto de la base de que, sin bien tras ellos se esconde algo de verdad, no son más que el producto de un reduccionismo ramplón. Como diría Isaac Newton, lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano. Hete aquí que, después de unos diez días en Roma, mi sembra (“me parece”, como dirían por estas tierras) que, en el caso de los italianos, el estereotipo no es sólo una parte de la verdad, amenaza con ser la unidad entera. Basta con encender la tele ¡Mamma mia! Telecinco (el español) parece el canal con los documentales de mejor factura de la BBC, comparado con cualquiera de los que emiten en abierto en Italia. Muchos de vosotros ya conoceréis un powerpoint sobre los italianos y su manera de conducirse por la vida. Se hizo muy popular hace unos años. Yo lo recibí en su momento y, aparte de echarme unas risas, no le di mayor crédito. Bueno, pues debo deciros que, en lo que respecta al transporte, podéis creerlo a pies juntillas (sólo tenéis que revisar alguna de mis entradas anteriores). Pero desafortunadamente el transporte no es lo único que no funciona en esta ciudad.
Si pensáis que no puede haber nada peor que un funcionario español, estáis muy equivocados. El año pasado ya tuve alguna experiencia en Francia, pero en Roma.. ¡Ay señor! No es que estén tomando café, es que sencillamente no están. Y lo mejor de todo: para qué dar explicaciones. Non ci sono y punto. Y eso que sus horarios son maratonianamente cortos en relación a los españoles. Jornada hiperreducida que, sorprendentemente, comparte un sector como el bancario, que me da la impresión que no tiene nada que ver con sus homólogos del resto de Europa. Puedo dar fe que la mayoría de los cajeros están de adorno, muchos de los cuales no aceptan tarjetas de entidades extranjeras. También he comprobado que las sucursales bancarias abren al público menos de cuatro horas al día. Esto no sorprende tanto, teniendo en cuenta que el 80% de la economía funciona bajo tierra. Algo muy palpable -en lo que me toca- en el tema de los alquileres.
En cuanto al way of life italiano, ¿qué puedo contaros que no sepáis ya? NIENTE DI NIENTE. Los romanos de a pie hablan como en las imitaciones de tres al cuarto que podéis encontrar en cualquier teleserie española. Las mujeres en la cola del supermercado parlan por los codos, quejándose sobre la crisis económica y haciendo ese gesto tan característico, juntando los dedos de una mano. Si escuchas las conversaciones de los pasajeros en el TRAM o en el autobús, o bien hablan del CALCIO (el fútbol con mayúsculas) o con sua mamma, gesticulando, además, como si se les fuera la vida en ello.
Y, por último, qué os puedo decir del estereotipo del hombre italiano. Pues que mi vecino de abajo es uno de sus máximos exponentes. Mi carissimo vicino Stefano es tan típico que, os lo prometo, no parece real. Es una versión de esa especie de Tony Manero que protagoniza un anuncio setentero de Movistar. Y lo peor, o mejor, es que abundan chicos por la calle y por la tele di questa maniera. En mi barrio de toda la vida, calificaríamos a estos ejemplares de horteras “a más no power” (espero que en estos meses no le dé a Stefano por aprender español ni leer blogs españoles, al menos hasta que me haya ido). Y es que, en el fondo, pese a que me despierta todas las mañanas a las 7.30 h. cantando –cual tenor- a grito pelado, Vivo per Lei de Andrea Bocelli (versión lamentable, parece un gato al que le hubieran atropellado el rabo), me cae bien. Todos los días gracias a él aprendo algo nuevo. Os pondré un ejemplo para cerrar este post. El chico se aposta detrás de la mirilla todas las mañanas esperando a que salga de casa, entonces abre casualmente la puerta y me regala un carino saludo. Bueno, pues ayer me dice: “Salve! Come stai bellissima?” y yo contesto “benissima, e tu?”, y a continuación infla los mofletes cerrando los labios y se lleva el dedo índice al carrillo derecho. La imagen era tan ridícula.. Me entraron ganas de espetarle “Hai mal di testa?” (¿tienes un problema mental?) Finalmente, me contuve y le contesté “Hai mal dei denti?” (¿tienes un problema dental?”). El caso es que me explicó que en el lenguaje gestual italiano eso significa que todo va estupendamente. Me faltó poco para contestarle con nuevos gestos aprendidos: sacudirme con una mano la barbilla y soltarle: “non ne me frega niente” (algo así como me importa un…eso sí, con buen rollo). Sin embargo, le sonreí y seguí mi camino. Ecco! ¿Qué os parece?
“Toda idea que triunfa marcha hacia su perdición“. André Breton
Advertencia: Se recomienda coger con un grano de sal lo que escribo en estas líneas, que es exclusivamente aplicable a mi experiencia romana. No se puede perder de vista que llevo sólo diez días en este país y que Italia es un país muy diverso (bastante más que España).
La Bocca della Veritá
Ayer fui a parar a la plaza de la Boca de la Verdad. De nuevo, sin buscarlo. Fue todo un descubrimiento, o más bien, redescubrimiento. La escultura, probablemente del siglo I, tiene un diámetro de 1,75 metros y representa un rostro masculino con barba en el cual los ojos, la nariz y la boca están perforados y huecos. Tampoco se tiene certeza acerca de su utilidad antigua: si era una fuente o parte de un impluvium o incluso de una cloaca (hipótesis que corroboraría su cercanía a la Cloaca Maxima). La leyenda cuenta que si se mete dentro la mano derecha mientras se dice una mentira, la boca se cerrará. Una leyenda que habrían alimentado los sacerdotes poniendo escorpiones en su interior para perpetuar el mito.
Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando salí del apartamento. Y aunque el cielo presentaba un color plomizo, incauta de mí, no presentí la tormenta que se barruntaba. Hasta ayer, un sol de justicia había sido mi infatigable compañero de andanzas romanas. Imaginaos hasta que punto castigador, que pensé en comprar una sombrilla de las que siempre llevan los japoneses (cualquiera diría que soy del Sur). Quise aprovechar la coyuntura meteorológica para recrearme en algunos rincones de la ciudad, sólo que bajo otra luz. Así podría comprobar la nueva paleta cromática que Roma abriría para mí. Mi destino era el espléndido mirador que hay justo al lado de San Pietro in Montorio. Un hallazgo del día anterior que, si cabe, me impresionó más que el templete de Bramante (las expectativas creadas suelen actuar como filtros perversos de las percepciones). Pero, ya os he contado que en Roma debe partirse de la premisa de no buscar, sino encontrar.
Cuando me aproximaba a “mi obervatorio” comenzó a diluviar. Rayos y truenos se sucedían creando una atmósfera, que si bien en otras circunstancias me habría desagradado, se me antojó mágica y me entregué a ella con fruición. El caso es que no llevaba paraguas y, aunque el sentido común me impelía a dar la vuelta, para refugiarme en casa, decidí hacerle caso omiso. Bajé por la Via Garibaldi, acorté por las escaleras del Monte Aureo y finalmente tomé el Vicolo Cedro. Seguí descendiendo en la misma dirección hasta el Río. Entonces, reconocí el Ponte Cestio y la Isla Tiberina. A pesar de que estaba hecha una sopa, y de nuevo el sentido práctico me aconsejaba buscar el TRAM 8 para volver a casa, no pude reprimir el impulso de atravesar la isla. Seguí caminando por el margen del río y, de repente, divisé el Templo de Vesta. Había olvidado la guía en casa, pero la originalidad de su planta circular y de su cubierta me permitió reconocerlo al instante. Así fue como llegué a la Plaza de la Boca de la Verdad.
La tormenta había amainado. Pero la humedad, el calor y, sobre todo, el cielo de color plata vieja conferían un ambiente muy particular a la plaza, yo diría que propio de la visión romántica del Medievo. Fue entonces cuando, entre las brumas, recalé en la iglesia de Santa María in Cosmedin. Y allí estaba, en un lateral de la pared exterior de la iglesia, en el nártex, la máscara legendaria. La reconocí de inmediato y el recuerdo de la entrañable escena de Vacaciones en Roma, con Gregory Peck simulando ante Audrey Hepburn haber perdido la mano, me llevó inevitablemente a la nostalgia….
“Ir sin amor por la vida es como ir al combate sin música, como emprender un viaje sin un libro, como ir por el mar sin estrella que nos oriente” Henri Beyle Stendhal
PS. Siempre sin envergadura
El Caos y la Fontana di Trevi
Si uno cambia, las cosas a su alrededor también lo hacen. Una verdad, no por más veces dicha, menos cierta. Puedo dar fe de ello.
La verdad, hoy ha sido un día duro. Todavía más duro teniendo en cuenta lo feliz que me las prometía ayer. Después de cinco horas con 40kg de equipaje a cuestas y sin dirección fija, llegué al apartamento de Monteverde. Entonces respirando hondo, pensé: “bueno, no ha sido difícil. YA LO TENGO TODO HECHO”. Sin embargo, esta mañana no podía dejar de mirar a mi alrededor y lo que ayer me parecía estupendo, hoy se me representaba un mini-piso (un poquitín mayor que los de la ministra Trujillo) lleno de mierda. Mi habitación es una especie de zulo con charm (cuando apago las luces veo las estrellas en papel fosforescente que alguien se dedicó a cortar y pegar en el mueble cama). Eso sin contar la historia rara sobre mi misteriosa compañera de piso francesa (cuyas cosas ocupan aproximadamente el 80% del piso) y aún no tengo el gusto de conocer. Además se trae un lío chungo con la dueña, por lo que esta última se dejó caer. Sólo espero que si se va del piso, no me lleve ningún plato roto y si, por el contrario se queda, que sea una persona compatible con la normalidad. Aún así, no fui asequible al desaliento. Tras desayunar, salí a la calle. Vivo en una zona residencial de clase media alta. Me gusta su aire decadente y bastante cuco (las parcelas, muy desiguales, se asemejan a mini Villas romanas). Esta visión me hizo recobrar el estado de ánimo mientras me dirigía a la parada del autobús. La idea era empezar a trazarme itinerarios para mi día a día.
Una hora y media, por fin, salió el autobús de la “capolinea” y abandoné Monteverde. ¡Me llevó otra hora llegar a Términi! Es la estación central de trenes que, según me dijo un autobusero mientras se fumaba un piti en Piazza Venezia, se trata del único sitio donde te ofrecen información sobre mezzi di trasporti urbani. El centro de información que imaginaba, los hay en todas las ciudades….claro en las que conocía hasta ahora (he de decir que europeas y extraeuropeas, aún no tengo experiencia en el Congo) era un kiosquillo como el de TUSSAM en la Plaza Nueva de Sevilla. Y lo primero con lo que me encontré era un cartelón que decía que no tenían mapas, que si quería, los comprase en algún estanco o kiosco. Tampoco disponían de itinerarios de autobuses. Vamos, lo más normal, pero en Roma claro!. Total, que cogí el mapa (pay per view) y a explorar el Campidoglio y los Fori Imperiali. Mi objetivo no era hacer turisteo (lo dejaba para más adelante), pero en esta ciudad eso es imposible. Algo, por cierto, muy de agradecer. Eso sí, tardé hora y media en llegar desde Piazza di Barberini a la Fontana di Trevi (un trayecto que si te lo conoces es de 10 minutos). Si me preguntáis qué pasó, sólo os puedo decir que mi sentido de la orientación y las indicaciones del Comune di Roma resultaron un cócktel Molotov. En fin, no es de extrañar que me quede con el momento de la Fontana di Trevi de entre todos los de mi paseo. Me sorprendió mucho. Realmente decidí ir porque estaba por la zona y mi idea inicial era combinar transporte público y “andare a piedi” para hacerme con la ciudad (siempre había pensado que la fontana era un típico sitio de turisteo, de los que no me gustan, aunque la visita sea obligada). Y la verdad es que no, yo creía que el genio de Fellini y la exhuberancia de Anita Ekbert lo habían hecho todo por esa fuente. Pero hoy he comprobado que es aún más espectacular en la vida real. Es Barroco en estado puro, ¡una fuente casi más grande que la plaza donde se enclava! Efectismo y la teatralidad en un escenario imposible. Me entraron hasta ganas de darme un chapuzón en esas aguas cristalinas con destellos esmeraldas, ¡Qué calor hacía! Más tarde seguí hacia Piazza di Spagna. Fue entonces cuando sufrí un nuevo ataque de “ciclotimia”. Sudada, no podía dejar de mirar los churretones de helado que tenía en el pantalón. En mi sin par excursión Barberini-Fontana di Trevi se me antojaron dos opciones: 1. cortarme las venas; 2. comprarme un helado. Mi error fue comprarme un helado de cucurucho, como os imagináis se derritió a la velocidad de la luz. Al menos, pude disfrutar la galleta porque el helado lo llevaba puesto en el pantalón (negro para más INRI). Fue inevitable que me entregara a la más absoluta miseria al pasearme entre las tiendas más exclusivas de Roma en las calles Babuino y Condotti. Seguro que si me hubiera dado por entrar me habrían echado a patadas.
Sumida en la depresión, opté por volver a Monteverde. Objetivo conseguido! Pero dos horas después y con un balance desolador en cuanto a mi misión imposible. Más allá de la línea de autobús 75 y de metro A y B no tengo ni la más remota idea de cómo moverme por Roma. Cuando llego a una ciudad nueva, y más si voy a residir algunos meses, lo primero que hago es memorizar la red de transporte. La autonomía de movimientos para mí es fundamental, me hace sentir dueña de la ciudad. Pues bien, incontestablemente Roma ha sido dueña de mí. No es que eso sea malo, todo lo contrario. Pero yo no soy una turista, no puedo conformarme con pasearme con la boca abierta mientras miro a mi alrededor. La frustración me dominó al arrivare a casa. La cadena del pensamiento negativo lanzó su primer eslabón y así sucesivamente: sin acceso a internet me sentí sola e incomunicada, lejos de mi casa, de Madrid, sin puñetera idea de cómo plantear mi día a día en Roma y con un posible retraso en la tesis de tres meses si todos los días se presentaban igual durante mi estancia….
Sin embargo, después de cenar, me recuperé mientras escuchaba unos acordes que me emocionaron. Se trataba de una canción de Lucio Battisti. Estaban emitiendo un especial en RAI2 por el décimo aniversario de su fallecimiento. Y casi sin darme cuenta, me sentí mucho mejor, cogí el mapa y vuelta a empezar: a planificar un nuevo día en Roma, incluido el listado de tareas domésticas. Después de todo, me alegro de estar en Roma y he recuperado el optimismo. Las cosas a mi alrededor han cambiado.
“Siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino” Charles Reade