21/06/2009 Teotihuacán
7:30, GMT – 5: Nos levantamos temprano, cosa que creo va a convertirse en algo habitual. Un café rápido, y a la furgoneta. Destino: TEOTIHUACÁN.
8:30, GMT – 5: Después de 48 km. de autopista aderezados con un millón de baches, llegamos al aparcamiento de Teotihuacan. Tras pagar 4 entradas, ya que los domingos los mexicanos no pagan y por lo visto Giova, que nació en Arequipa (Perú), también es mexicana. Ni documentación ni nada que valga, la prueba del algodón para pagar o no pagar es tu cara. Primera labor del día: desayunar. Y nada de café con leche y tostadita. Aquí se desayuna de forma contundente: pedimos, para 8, un kilo de asado de cordero, una enchilada, unos consomés y café de olla. Todo ligerito. Y light, muy light.
9:15, GMT – 5:
Después de pasear por los restos de la pirámide de Quetzacoal, donde había unos danzantes realizando bailes rituales, nos encaminamos hacia las pirámides por la Avenida de los Muertos y nos encontramos con la pirámide del Sol a la derecha, y más al fondo está la de la Luna. Respectivamente, la más grande del complejo y la más importante para el culto. Y bueno… la pirámide del sol, pese a sus 65 metros de altura, lo lógico es subirla. La vista probablemente merecerá la pena. Nos encaminamos hacia la cumbre, y empiezo a extrañar no llevar un piolet en la mochila; más que subir escalones, parecía que trepábamos por una pared. Llegamos, al fin, exhaustos. Pero llegamos, y mereció la pena: la vista es espectacular. Se ve toda la ciudad, es inmensa. Y te puedes hacer una buena idea de lo que fue aquella civilización. Y, por supuesto, cumplimos con el ritual de ir de blanco (o al menos lo más blanco que se pueda) para cargarnos de energía, puesto que hoy es el solsticio de verano. Y también tocamos el centro de la pirámide, una especie de huellita de metal.
Así me hago la foto, con el dedo cual E.T. apuntando hacia su casa, pero eso sí hacia abajo. Después de cargarnos de toda la energía positiva del mundo y parte de la galaxia, bajamos Santi y yo hacía un pequeño museo sobre la ciudad. Allí vimos más de cerca los dioses Tlaloc y Quetzacoal, y algunas piezas arqueológicas, incluyendo unos enterramientos.
Y después, otro ascenso, algo más corto pero igual de duro, a la pirámide de la luna. Al estar justo al final de la avenida de los muertos, la panorámica de la ciudad es bastante más
completa, y se aprecia la armonía del conjunto de construcciones.
Después de sortear a vendedores de recuerdos, guías y, ahora sí, un montón de turistas, nos damos un último paseo por las ruinas de la ciudad. Compramos algún recuerdo, y vimos unas pinturas recientemente descubiertas. Lo único que nos falto fue ver a los Voladores de Papantla, unos danzantes que se descuelgan de lo alto de un mástil “volando” alrededor de él. Habrá una segunda oportunidad en el museo arqueológico.
15:30, GMT – 5: Comemos en el Samborns, o El palacio de los azulejos, en el Eje Central (¡gracias Adrián!). Un bonito edificio, elegante, y con un fresco de Orozco. Menú: Enchiladas de pollo, totopos, molletes y cerveza. Para variar, buenísimo, y sin picantes (previa petición, por supuesto). Desde dentro vimos la tormenta que comenzaba a caer, y no pintaba bien. Afortunadamente amainó un poco y pudimos salir.
17:30 GMT – 5: Nos encaminamos a la Torre Latinoamericana, con intención de subir al mirador. Idea que desechamos tras reanudar la lluvia, con bastante más fuerza que antes. Al lado teníamos el Palacio de Bellas Artes, y como era también otro de los puntos a ver, entramos directos. Los murales de Diego Rivera fueron el plato fuerte, con su habitual carga de crítica y denuncia. El que más me gustó fue el que se titulaba “El hombre controlador del universo”. Y el edificio no desmerecía en nada el contenido. Simple, sin decoración excesiva, pero elegantísimo.
Y la lluvia seguía. Así que nos tomamos algo en el elegante Café del Palacio. Imagínate seis personas, vestidas como si fueran de acampada, entrando en el café de uno de los teatros más elegantes. Pues más o menos eso fue lo que vieron los que allí estaban.
Y la lluvia seguía. Así que, como no era cuestión de perder más el tiempo, nos olvidamos del mirador y enfilamos hacia el Zócalo. La impresión al entrar a la plaza debería ser espectacular, de no ser porque una carpa de plástico enorme con una exposición de dinosaurios dentro, me destrozó la bella estampa. Tras maldecir al que se le ocurrió la feliz idea, entramos en la Catedral. Cerrada casi en su totalidad para el culto, sólo pudimos ver parte de ella, lo mas cercano a la entrada. Ya de paso, como lo teníamos al lado, vimos lo poco que quedaba de la antigua Technotitlan, apenas unas ruinas del templo mayor y algún edificio mas. Y tras esto, a casita, que mañana espera un día duro de viaje hacia el siguiente punto.
Genial, sigue, por favor, casi tiene uno la impresión de ir en el grupo.
octubre 1st, 2009 at 8:40Genial, casi tiene uno la impresión de ir en el grupo, sigue porfi..
octubre 1st, 2009 at 8:41Y aún estamos prácticamente en el primer día…viajeroooooooooooooo ¿próxima parada Oaxaca?
octubre 1st, 2009 at 9:56Me ha abierto el apetito la barbacoa de cordero, uhmmm!
octubre 3rd, 2009 at 21:43Me encanta sigue sigue, un besito.
octubre 7th, 2009 at 23:31Estupendo Gordo!!!
Está muy bien contado. Lo que más me gustó fue la Techno Titlán, la ciudad del futuro,
De veras, se lee muy bien, y aparte de un gran recuerdo para nosotros, será muy útil para futuros viajeros.
Un abrazo,
Carlos
octubre 9th, 2009 at 11:44