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Nada de lo humano me es ajeno

La muerte en adagio

 Publicado por: Historiadora Histérica en Cultura, Diario de..., Historia, Literatura, Personal, Retales

Acerca de crisis y períodos bisagras…

La lectura reciente de La Montaña Mágica de Thomas Mann me causó una honda impresión. Una inquietante sensación me acompañó desde las primeras hasta las últimas líneas de esa obra mastodóntica. A modo de exordio, se comenzaba subrayando que los sucesos relatados pertenecían a un mundo distinto, que ya no existía. La guerra del 14 lo había borrado para siempre. Sin embargo, la auténtica tragedia de ese mundo se vivió mucho antes de aquella primera gran hecatombe. Había empezado por la conciencia de  su inexorable agotamiento. Una cultura moría, sin que se intuyese el alumbramiento de una nueva, que guiase el estado mental de los hombres (en la acepción cultural que emplea Mosse) y por extensión de las sociedades. Las bayonetas sólo terminaron de ensartar las certezas que hacía tiempo que no arropaban a las elites ni a las masas de aquella civilización europea. Son precisamente los artistas centroeuropeos quienes mejor plasmaron ese desgarro, marcando los tempos de la transición de la disciplina marcial a la anomia más absoluta, entendida como depravación de lo que antes había de ser perfección. El corazón de Europa agonizaba arritmicamente. Kafka, Mann, Marai y Hesse retrataron magistralmente aquella juventud consciente de que vivía en un mundo crepuscular, moribundo. Fue una generación bisagra entre las pervivencias del largo siglo XIX y la rapidez desconcertante del siglo XX. Algunos sólo pudieron intuirlo.

El ocaso se materializaba en un adagio, un movimiento lento pero imparable. Lo absurdo caminaba de la mano de lo atroz. Se les antojaba un descenso a los infiernos, parecido al de aquellos cadáveres que, en macabras ensoñaciones, se deslizaban en trineo desde las gélidas cumbres, donde se localizaba el Sanatorio para tuberculosos de Davos. Como uno de los personajes de su novela, Mann practicaba la “autopsia psíquica” de una sociedad enferma. Pero la etiología ya no importaba tanto como recrearse en los síntomas de aquellos enfermos más graves, pertenecientes a una burguesía que jugó a ser aristocracia y a una aristocracia  seducida por los ideales hedonistas de la burguesía. El mundo se desmorona, ¿y qué? Nada trasciende. Mientras el cigarro siga prisionero de nuestros labios, o de los de Hans Castorp, entregándose al juego plancentero de aspirar y expulsar el humo, nada malo puede pasarle. A nosotros tampoco.  El mundo se detiene entonces y sólo quedan sensaciones físicas, tan sólidas como las que nos describe Mann a través de sus personajes.

Estoy preparando el listado de películas que formarán parte de las actividades prácticas para mis clases de historia y cultura, y aprovechando horas de insomnio, no me he resistido a leer a Mann a través de Luchino Visconti en Muerte en Venecia, donde la belleza no sólo no es capaz de sobrevivir a un mundo rodeado de podredumbre y vulgaridad, sino que es la única escapatoria de y para la irrealidad.

Hay quien porque golpea la pared con un martillo, cree clavar clavos“  Goethe (1749-1832)

noviembre 17th, 2010 at 1:53


Una respuesta to “La muerte en adagio”

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